divendres, 9 de novembre del 2012

Cuento real


Había una vez un matrimonio que llevaban muchos años casados, quizás demasiados.

El marido era el típico hombre rudo, machista, anticuado…. De esos que por desgracia todavía existen; de esos que piensan a la antigua. Como en los tiempos de Franco.

Hacía mucho tiempo que la maltrataba. Se reía y mofaba de ella continuamente, sobre todo de sus costumbres, de su forma de hablar, de su cultura, de su manera mucho más civilizada de pensar.
Hubo muchas veces que le pegó y le negó el pan y la sal, obligándola incluso a hablar como él. Pero lo peor es que ella era más trabajadora que él y siempre ganaba mucho más dinero.
De nada le servía. Él se lo quedaba todo, se lo gastaba en cosas inútiles y lo despilfarraba alegremente.
Mientras, a ella le daba el dinero escaso para subsistir miserablemente. A veces menos de la mitad de lo que ella aportaba al hogar, haciéndosele imposible llegar a fin de mes.

Después de sufrir lo indecible, la situación llegó a un punto tan crítico que a la mujer no le quedó otra salida que pedir el divorcio. Lo hizo por las buenas, queriendo llegar a un acuerdo con su marido. Pero éste era tan retrógrado que en lugar de dialogar con ella, lo único que hizo fue meterle miedo, asustarla con todo tipo de amenazas. Le dijo que ni hablar, que no había divorcio de ninguna de las maneras, y que si se ponía tonta le pegaba una paliza que se iba a enterar. La mujer ya no se acobardó y siguió adelante con el proceso de separación.

En estos momentos las cosas están a la espera de lo que diga el juez; pero el marido ya ha dicho que no piensa hacerle caso, diga lo que diga.
No quiere reconocer que si su esposa se larga, él no podrá subsistir solo. Que todo su mundo de derroche y buena vida se habrán acabado para siempre.
Ella al principio lo pasará mal; luego se recuperará y vivirá dignamente con lo que gane. Él posiblemente termine arruinado y sin los pocos amigos que ahora tiene.

Este cuento, de momento, no tiene un final feliz. Habrá que esperar al futuro para ver cómo acaba. Ojala que bien. Ojala que no termine como un caso más de violencia doméstica.

Se me olvidaba el nombre del marido y de su mujer: Vamos a llamarlos España y Catalunya.

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