Si
analizamos fríamente las cosas se
llega a la conclusión de que no hay tanta diferencia entre Catalunya y
España.
Solemos pensar que aquí tenemos más cultura política, más
seny. Y a veces es cierto. Solo hay que ver los debates en cualquier televisión
de las Españas y luego verlos en cualquier televisión catalana. Te das cuenta
al momento de que hay una gran diferencia.
Sin embargo hay una cosa que estos días me está haciendo
reflexionar y llegar a una conclusión muy triste: que nos parecemos demasiado.
Lo digo por lo siguiente: Yo estaba firmemente convencido de
que en España solamente habían existido tres estadistas (para mí existe una
gran diferencia entre político y estadista).
Esos que yo consideraba estadistas eran: Adolfo Suárez,
Jordi Pujol y Artur Mas. Está muy claro que Jordi Pujol se ha salido él solito
de la foto. Me quedan Suárez y Mas.
Adolfo Suárez fue un gran estadista. Hizo lo que parecía
imposible en aquellos momentos. Logró que España pasara de una dictadura
fascista de cuarenta años a una democracia bastante aceptable. Yo diría que más
aceptable que la que hay hoy. Y todo lo hizo por las buenas, dialogando con
todos, pactando con los que habían sido enemigos irreconciliables.
La historia lo juzgará, lo está haciendo ya, como un gran
político. Un estadista que supo ver donde estaba el futuro de España y se dejó
el alma para conseguir ese futuro.
Sin embargo todos sabemos como fue tratado en su momento.
Parecía como si nadie en este país se diera cuenta ni apreciara la tarea
ingente que estaba llevando a cabo. Recuerdo los comentarios de la gente
llamándole fascista (él, que fue el que desmontó el fascismo). Recuerdo los
insultos del PSOE. El más fino fue tahúr del Misisipi.
Pero lo peor fue lo que le hicieron los suyos, los de dentro
de sus filas. No supieron ver el gran hombre que les dirigía y le hicieron la
vida imposible. No tuvo más remedio que hacer lo que hacen los grandes
políticos cuando ven tanto traidor a su alrededor: dimitir.
Fue muy triste. Nadie le agradeció entonces lo que había
hecho por España. Nadie supo apoyarle ni reconocerle sus méritos.
Nadie sabrá jamás que habría sido de este país sin Adolfo
Suárez.
Y me queda el último estadista. Artur Mas.
La historia se repite. El hombre que supo ver que el
autonomismo estaba muerto, el hombre que supo dar el gran salto desde el
colaboracionismo hasta la ruptura con el que oprimía a Catalunya, el hombre que
fue capaz de liderar a todo un pueblo en la larga travesía del desierto, el
hombre que supo aglutinar a todas las tendencias políticas y conseguir que la
burguesía catalana aceptara la larga travesía hacia la libertad, el hombre
admirado y respetado en todo el mundo como un gran estadista, ese hombre que
algún día, si Catalunya consigue su libertad, será considerado el padre de la
Patria. Ese gran líder del pueblo catalán ha sido indignamente apartado de su
liderazgo y de su cargo por cuatro saltimbanquis, y lo que es peor: desde
dentro mismo de su coalición.
Más o menos lo mismo que le pasó a Suárez.
Parece como una maldición. Tarda mucho tiempo en salir un estadista en este país, y cuando sale nos lo cargamos rápidamente. Sin darnos cuenta que escasean y de que son los que hacen posible que los pueblos avancen y sean grandes.
Si vamos a ser y a actuar exactamente lo mismo que los
españoles no creo que sea necesario luchar tanto por la libertad.
Para ese viaje no se necesitan alforjas.