Este es mi buen perro, mi gran perro, mi mejor amigo. Este es Duc.
Me lo regalaron mis hijos y sus parejas (algo que nunca
podré agradecer lo suficiente).
Cuando vino a casa apenas contaba con tres meses de vida.
Era una cosita pequeña y peluda que nos miraba a todos con cara de asombro y
extrañeza. Era una delicia. Era igual que el cachorro que sale en un anuncio de
papel higiénico. Era como para comérselo.
En ese momento yo no podía imaginar a lo que llegaría mi
relación con aquella cosita tan dulce. No podía saber cómo lo querría yo a él
ni, lo más importante, cómo me llegaría a querer él a mí.
Fue una cosa muy rápida. En seguida se ganó mi cariño; y lo
hizo del modo más sencillo: dándome él a mí todo su cariño, su amor, su
corazón.
Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Es cierto,
pero se quedan cortos al hacer tal afirmación.
También es cierto que hay muchas clases de perros; de todo
hay en la viña del Señor. Pero yo he tenido la suerte de toparme con un perro
infinitamente bueno. Con un perro al que no hemos tenido que enseñarle nada.
Sin ni siquiera hablarle, solo con la mirada, él ya sabe lo que quiero.
Jamás ha ladrado en casa, jamás me ha torcido la cara, jamás
le hemos visto el más leve gesto de dominancia. Siempre sumiso, obediente,
cariñoso con todos, alegre. Y cuando se le da una muestra de cariño, es el
perro más feliz del mundo.
Si bien es cierto que quiere a toda la familia, su
comportamiento conmigo ya es patológico. Siempre está a mi lado, siempre está
pendiente de mí. Es el único que sabe mi estado de ánimo en todo momento. Es el
único que sabe consolarme o animarme en cuanto detecta que estoy con la moral
baja.
Solo con su mirada sabe transmitirme todo lo que siente,
desea o necesita.
Es tan fuerte el vínculo que ha establecido conmigo que yo
para él soy algo vital. Pero la realidad es que él para mí lo es aún más.
El problema más grande que tiene un perro es su corta vida.
Y yo cada vez que pienso lo rápido que han pasado más de tres años a su lado me
pongo malo.
No quiero ni pensar en el fatídico día de su final. Ese día será
uno de los más tristes de mi vida. Ese día se irá con él una enorme porción de
mi alma. Ese día perderé a mi mejor amigo, a mi gran amigo. Ese día quizás se
borre mi sonrisa para siempre.
La naturaleza no es tan sabia como nos aseguran. Si fuera
así nuestros mejores amigos vivirían los mismos años que nosotros.
Un día vi en la tele a una señora muy mayor que enseñaba su
loro y contaba que lo había heredado de su madre, que el loro tenía más de cien
años.
¿Por qué un loro puede enterrar a sus dueños y un ser tan
noble como es el perro no puede vivir cincuenta años?
La vida es injusta.
