Hoy, día 24 de mayo de 2015, he ido a votar para elegir el
nuevo ayuntamiento.
Primera observación: Había recibido la correspondiente notificación
de dónde tenía que votar. Allí constaba la dirección y la mesa: la A. Todo muy
correcto. Al llegar enseguida vi la susodicha mesa A. Me puse a hacer cola
hasta que me llegó el turno, y ¡oh sorpresa! No era aquella mesa. Me indicaron
muy amablemente que es que había tres mesas con la letra A, y que a mí me
correspondía la siguiente. Allí me puse de nuevo a hacer cola pacientemente
hasta que me tocó a mí. ¡Oh sorpresa! De nuevo me dicen que aquella mesa A
tampoco es.
Me armo de paciencia y hago de nuevo mi cola, hasta que por
fin me toca. ¡Eureka! Esta vez sí. Como no podía ser de otra manera por la
dichosa ley de Murphy era esa, la última.
Tratado muy amablemente ejerzo mi derecho al voto y me
despido de la mesa dando las gracias.
Primer punto. ¿Es que no se puede poner una letra diferente
a cada mesa? ¿Es que en lugar de tres mesas A no pueden poner una mesa A, otra
B y otra C? ¿Las cabezas no dan para tanto?
Segunda observación: La más importante. Aparte de que ya me
molestó profundamente que cuando estaba votando tenía a un “señor” con un cartelón
enorme del partido socialista colgándole del cuello prácticamente encima de mí,
echándome su pestilente olor a borracho y mirándome como si fuera un
delincuente. ¿Es necesario tener que aguantar eso?
Pero todavía fue mucho peor lo que pude estar observando
durante el largo tiempo que tuve que hacer cola en las tres mesas. El local
carecía de cabina para ejercer el voto en secreto, como es preceptivo según la
ley electoral. Y lo que es aún peor: lógicamente al carecer de una cabina secreta
las papeletas de los diferentes partidos no podían estar en ella, que es donde
le pertenece. ¿Dónde estaban? Pues en una mesa central a la vista de todo el
mundo. O sea, que de voto secreto nada de nada.
Por si fuera poco en torno a la mesa pululaban los
interventores de los partidos políticos igual que buitres. Concretamente había
tres del partido socialista que ocupaban estratégicamente toda la mesa donde
estaban las papeletas.
Yo ya iba con mi voto preparado de casa y no tuve que pasar
el mal trago de tener que coger mi voto delante de tanto “buitre”, pero muchas
personas tenían que coger allí la papeleta, y aquí vino lo más grave: pude
observar cómo los “democráticos” interventores socialistas cogían a las
personas mayores y les daban el sobre de su partido directamente. Para que “no
se molestaran”.
Mi sorpresa y mi indignación iban aumentando al ver tanto
pucherazo; y les comenté a otros interventores de otros partidos las
irregularidades observadas, como la falta de una cabina. Me miraron como a un
extraterrestre y me dijeron que ninguna ley dice nada de cabinas y que allí
todo estaba correctísimo. No salía de mi asombro. Ha sido algo inaudito.
Ya sabemos que este país no es un país serio; pero todo esto
que he vivido esta mañana sobrepasa el cachondeo y nos lleva a un país
tercermundista y bananero.
¿Cómo es posible que haya tantas irregularidades juntas y
que la gente no proteste y lo vea normal? ¿Cómo puede ser que los interventores
de los partidos políticos ignoren las leyes y normas de unas elecciones? ¿Cómo
puede ser que a mí me ha cogido uno y me ha dicho a quien le tenía que votar?
¿Cómo se puede tolerar que traten de engañar a los pobres viejos los
interventores de los partidos como si fueran trileros?
Estaremos geográficamente en Europa, habremos entrado no sé cómo
en la Unión Europea, se nos dirá que esto es un estado de derecho democrático,
pero no. Esto es lo menos parecido que se pueda ver a un país europeo serio.
Esto es una seudodemocracia, un país de pandereta disfrazado de país democrático
y de derecho. Una vergüenza vamos.
