A menudo me pregunto por qué cuando nos hacemos mayores entramos
en tantas contradicciones, cuando lo normal sería que estuviéramos de vuelta de
todo.
Cuando somos jóvenes nos creemos que muchas cosas de los
mayores son “chocheces” de la edad. Luego comprobamos que no. Comprobamos que
aquello de lo que nos reíamos no eran cosas ridículas, patinazos propios de una
mente envejecida ni tonterías de viejo.
Es muy curioso comprobar que cuando sabemos casi de todo
(por la experiencia) y pasamos de la mayoría de cosas que nos ocupaban y
preocupaban de jóvenes, cosas muy importantes para nosotros, en cambio le damos
mucha más importancia a cosas que ya no sirven para nada.
Es muy normal que la nostalgia nos invada. Es muy normal que
echemos a faltar la vitalidad, el ímpetu, la fuerza y la agilidad de la
juventud. Todavía es más normal que echemos a faltar a los seres queridos que
quedaron por el camino. Son normales y lógicas muchas cosas.
Sin embargo ahora me doy cuenta de que tanta experiencia, tanto
saber acumulado y tanto tiempo vivido, en algunas cosas, no sirven para nada.
El mejor ejemplo de lo que digo es la típica imagen de dos
abuelos que ni se aguantan de pie casándose en la residencia cuatro días antes
de irse. Cuando eres joven te ríes con esas cosas; cuando tú te vas acercando a
eso te das cuenta de lo importante que es el amor en estas edades. Pero ¿importante
para qué? ¿Qué lógica tiene enamorarse a los 80?
Se supone que el amor es un estado transitorio de idiotez de
la juventud, cuyo único fin es la perpetuación de la especie. Pues mala, muy
mala suposición. Inexplicablemente cuando con más fuerza e intensidad se
enamora la gente es de adolescente, que supongo que es un ensayo de lo que ha
de venir; y en la tercera edad, que todavía no he podido entender para qué
sirve. No tiene ni lógica ni razón de ser. Ya no se puede ni hacer el amor, o se
hace con mucha dificultad. No sirve para perpetuar la especie.
Dándole muchas vueltas lo único que se me ocurre es pensar
que ves como el tiempo de vida se te escurre entre los dedos, que llega el
final; y quieres aprovecharlo. Pero poco vas a aprovechar ese amor.
Lo más triste es cuando llegas a esta edad y no te enamoras;
pero vuelven de nuevo a tu mente todos
los fantasmas del pasado.
Ese amor de juventud que no pudo ser, esa historia que creías
ya olvidada y superada vuelve a tu mente con más fuerza que cuando te ocurrió
hace ya tantos años. De repente nace de nuevo en ti, y ahora con más fuerza, un
sentimiento de amor, de frustración, de nostalgia y de pena por ese antiguo
amor que creías ya olvidado. Y no puedes dejar de pensar cuan distinta habría sido
tu vida al lado de esa persona que amaste tanto y que de nuevo vuelves a amar
igual o más intensamente que entonces.
Y te preguntas por qué no le hubieras dicho esto o lo otro. Por
qué no le llevaste un ramo de flores cuando aún se podía arreglar aquel
malentendido. Por qué ese orgullo de juventud te impidió pedir disculpas,
arrodillarte y decirle cuánto la querías.
¡Cuántas cosas se harían de otra manera si tuviéramos una
segunda oportunidad!
Cientos, miles de cosas. Pero sin lugar a dudas lo más
importante, lo primero que cambiaríamos, caso de tener la posibilidad, sería
tratar de arreglar aquello que estropeamos con nuestra torpeza con el gran amor de nuestra vida.
¡Lástima que no tengamos una segunda oportunidad!
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