dimecres, 13 de maig del 2015

Segunda oportunidad


A menudo me pregunto por qué cuando nos hacemos mayores entramos en tantas contradicciones, cuando lo normal sería que estuviéramos de vuelta de todo.

Cuando somos jóvenes nos creemos que muchas cosas de los mayores son “chocheces” de la edad. Luego comprobamos que no. Comprobamos que aquello de lo que nos reíamos no eran cosas ridículas, patinazos propios de una mente envejecida ni tonterías de viejo.
Es muy curioso comprobar que cuando sabemos casi de todo (por la experiencia) y pasamos de la mayoría de cosas que nos ocupaban y preocupaban de jóvenes, cosas muy importantes para nosotros, en cambio le damos mucha más importancia a cosas que ya no sirven para nada.
Es muy normal que la nostalgia nos invada. Es muy normal que echemos a faltar la vitalidad, el ímpetu, la fuerza y la agilidad de la juventud. Todavía es más normal que echemos a faltar a los seres queridos que quedaron por el camino. Son normales y lógicas muchas cosas.
Sin embargo ahora me doy cuenta de que tanta experiencia, tanto saber acumulado y tanto tiempo vivido, en algunas cosas, no sirven para nada.
El mejor ejemplo de lo que digo es la típica imagen de dos abuelos que ni se aguantan de pie casándose en la residencia cuatro días antes de irse. Cuando eres joven te ríes con esas cosas; cuando tú te vas acercando a eso te das cuenta de lo importante que es el amor en estas edades. Pero ¿importante para qué? ¿Qué lógica tiene enamorarse a los 80?

Se supone que el amor es un estado transitorio de idiotez de la juventud, cuyo único fin es la perpetuación de la especie. Pues mala, muy mala suposición. Inexplicablemente cuando con más fuerza e intensidad se enamora la gente es de adolescente, que supongo que es un ensayo de lo que ha de venir; y en la tercera edad, que todavía no he podido entender para qué sirve. No tiene ni lógica ni razón de ser. Ya no se puede ni hacer el amor, o se hace con mucha dificultad. No sirve para perpetuar la especie.
Dándole muchas vueltas lo único que se me ocurre es pensar que ves como el tiempo de vida se te escurre entre los dedos, que llega el final; y quieres aprovecharlo. Pero poco vas a aprovechar ese amor.

Lo más triste es cuando llegas a esta edad y no te enamoras; pero vuelven de nuevo a tu mente  todos los fantasmas del pasado.
Ese amor de juventud que no pudo ser, esa historia que creías ya olvidada y superada vuelve a tu mente con más fuerza que cuando te ocurrió hace ya tantos años. De repente nace de nuevo en ti, y ahora con más fuerza, un sentimiento de amor, de frustración, de nostalgia y de pena por ese antiguo amor que creías ya olvidado. Y no puedes dejar de pensar cuan distinta habría sido tu vida al lado de esa persona que amaste tanto y que de nuevo vuelves a amar igual o más intensamente que entonces.
Y te preguntas por qué no le hubieras dicho esto o lo otro. Por qué no le llevaste un ramo de flores cuando aún se podía arreglar aquel malentendido. Por qué ese orgullo de juventud te impidió pedir disculpas, arrodillarte y decirle cuánto la querías.

¡Cuántas cosas se harían de otra manera si tuviéramos una segunda oportunidad!
Cientos, miles de cosas. Pero sin lugar a dudas lo más importante, lo primero que cambiaríamos, caso de tener la posibilidad, sería tratar de arreglar aquello que estropeamos con nuestra torpeza  con el gran amor de nuestra vida.

¡Lástima que no tengamos una segunda oportunidad! 








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