A veces, muchas veces, recordamos cosas de nuestra infancia
que nos parecen maravillosas. Quedaron impresas en nuestro cerebro para siempre
y siempre las vamos a tener presentes.
Puede tratarse de un olor muy particular; pero casi siempre
recordamos lugares, situaciones o personas a las que nuestra mente ve
nítidamente.
En el fondo de nuestra alma recordamos aquellos olores,
aquellos lugares o aquellas personas como maravillosos.
Pero los recuerdos engañan mucho. Con las personas no
podemos, por desgracia, comparar nuestros recuerdos con la realidad de hoy día.
Ellas se fueron para siempre hace mucho.
Las situaciones tampoco podemos cotejarlas. Siempre son
únicas e irrepetibles.
Pero con los olores, y sobre todo con los lugares, la
mayoría de veces que tenemos la oportunidad de volver a sentirlos o verlos de
nuevo nos damos cuenta de que no son exactamente como nuestro cerebro los
recordaba.
No sé exactamente cuál es el mecanismo por el que nuestro
cerebro manipula nuestros más íntimos recuerdos; pero muchas veces he podido
comprobar que lo hace.
Todo lo que vivimos de niño nos parece grandioso, enorme,
maravilloso… Pero cuando volvemos a aquellos lugares después de muchos años, lo que nos parecía muy grande vemos que es mucho más pequeño. Y lo que nos parecía
maravilloso, ahora lo vemos como vulgar.
Por el contrario casi todo lo que vivimos, vemos o sentimos
de muy adultos nos parece nimio. Y a veces ni siquiera reparamos en cosas
maravillosas que tenemos a nuestro lado.
Tenemos tantas cosas, tantos recuerdos y tantas
preocupaciones en nuestra cabeza que ni vemos la bondad en las personas que se
van cruzando en nuestro camino. Tampoco nos fijamos casi nunca en las
maravillosas cosas que nos rodean por todas partes.
Estamos tan absortos con la vorágine de la vida moderna, con
nuestro trabajo y con nuestro estrés, que ni tenemos tiempo de pensar en todo
lo bonito que nos rodea, pareciéndonos intrascendente. Mientras, recordamos con
nostalgia las cosas más insignificantes de nuestra infancia, posiblemente
porque sabemos que ya no volverán.
Tenemos que llegar a la última etapa de nuestra vida, a la
jubilación y al reposo que conlleva, para darnos cuenta de muchas cosas que nos
pasaban desapercibidas. Para ver que hemos dejado por el camino a seres
extraordinarios, situaciones únicas y lugares maravillosos.
Para ver que lo que recordábamos como grandioso de la
infancia en realidad era insignificante y que lo que nos había parecido normal
de adultos era maravilloso.
Es muy curioso. Dicen que los viejos se vuelven como niños.
No es así. Volvemos de nuevo a la normalidad; a soñar, a emocionarnos con muy
poco, a sentir la vida que se nos acaba.
Sí, es muy parecido a cuando éramos niños, que sentíamos y
disfrutábamos la vida. Ahora no la malgastamos persiguiendo algo inalcanzable.
Ahora la vivimos pausadamente, sin prisas, sin estrés y saboreándola.
Ojalá la hubiéramos vivido siempre así.
Ojalá siempre hubiéramos continuado siendo niños.