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La experiencia me dice que no hay verdades absolutas; hay verdades relativas.
Afirmar que no podemos influir en el futuro sería negar la evidencia. Todos nuestros actos tienen consecuencias; algunas son las que buscábamos y otras, las más, son totalmente contrarias a lo que deseábamos.
Pero está claro que por mucho que queramos planificar nuestra vida de jóvenes, muy pocas de nuestras expectativas se cumplen. La mayoría pasan a engrosar la larga lista de decepciones y fracasos que se nos van acumulando a lo largo de nuestras vidas.
Por lo tanto está claro que podemos influir en el futuro, pero mucho menos de lo que pensamos. Posiblemente esté ya escrito el 90 % de nuestra vida cuando nacemos.
Para empezar nadie puede escoger ni los padres ni la ciudad, la nación o el continente donde nace; y eso va a ser lo que más nos va a condicionar toda nuestra vida, juntamente con la educación que recibamos, la religión que nos inculquen o el idioma materno que aprendamos.
Es obvio que mis nietos, por mucho que se empeñen en lograrlo, jamás van a conseguir ser el presidente de Estados Unidos o el rey de España.
La pregunta del millón sería: ¿Quién escribe nuestro futuro? Imposible de contestar. Para un creyente estaría claro. Para un agnóstico ya no lo está tanto.
Para una mente clara y sin creencias religiosas ¿Qué es el destino? ¿Qué teoría aplicaría a lo aleatorio de nuestro futuro? ¿Somos una pieza más de la teoría del caos reinante en todo el universo?
Lo que no entiendo es porqué nuestro cerebro se hace tantas preguntas aparentemente sin respuesta. Y la pregunta principal sería: ¿Algún día entenderemos todo el misterio que nos rodea? ¿Algún día descubriremos lo que somos realmente y el porqué de las cosas?
