¿Quién soy? ¿A qué he venido? ¿Qué hago yo aquí?
Prácticamente todos nos hemos hecho alguna vez estas
preguntas. Y la más importante de todas: ¿Cuándo me muera habrá algo? ¿Habrá
merecido la pena tanto esfuerzo?
El que no se las haya hecho, mejor para él; ya es feliz. El
que se las ha hecho y ha encontrado una respuesta: enhorabuena. Yo llevo toda
mi vida haciéndomelas y todavía no he
encontrado la respuesta.
Debe ser que soy como Santo Tomás, ver para creer. Puede ser
también que no tenga la suficiente fe. Puede ser que mi subconsciente se niegue
a aceptar que todo nace, crece y muere. Pero entonces ¿para qué mi cerebro se
hace estas preguntas? ¿Qué sentido tiene la fe si no hay nada?
Yo creo que todo es cuestión de justicia, o mejor dicho, de
injusticia. Todos vemos como personas extraordinarias y maravillosas tienen que
cargar a lo largo de su vida con una cruz insoportable, a veces de enfermedad,
a veces de dolor por muchas y graves causas.
En el lado contrario, todos conocemos a personas ruines y
malvadas, a las que todo parece salirles bien en la vida.
En definitiva, la vida es muy injusta. Y esa injusticia podría
ser la causa de consolarnos pensando que somos inmortales y que en la otra vida
tendrán un premio los buenos y un castigo los malos. Resumiendo: tendremos por
fin justicia.
Ojala sea así. Si no lo es ¡menuda putada!
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