Nacer,
crecer, envejecer, morir. Y en medio mucho trabajo, penas, sufrimiento,
desengaños, enfermedades, pérdidas…
¿Este es el
milagro de la vida? ¿A esto hemos venido al mundo? ¿Tiene sentido todo esto?
Al final
todo en la naturaleza se resume de la misma manera. Todo, desde la más humilde
hierba hasta el organismo vivo más complejo, todo sigue el mismo proceso: nace
crece, se reproduce y muere. Y ¿ya está? ¿Somos los seres humanos exactamente
igual que un cactus con púas o un mosquito tigre?
El
pensamiento racional nos dice que sí, que no podemos ser una excepción de la
madre naturaleza. Que no somos más que un breve paréntesis dentro de la cadena
interminable de la vida. Que una vez hayamos muerto no seremos muy diferente a
cualquier hierbajo secado por el duro sol del verano. Es decir, no seremos nada,
como nada éramos un año antes de nacer.
Pero aquí
viene lo interesante del ser humano. Si somos únicamente el resultado natural
de un proceso evolutivo que ha llegado a tener un pensamiento racional a la vez
que complejo, no tiene lógica alguna que esa evolución haya hecho aflorar en
nosotros la necesidad de transcender a todo ese proceso natural y, por lo
visto, universal.
No veo por
ninguna parte los beneficios de ese sentimiento innato en el ser humano a no
desaparecer con la muerte. A creer en algo religioso, a buscar una salida
sobrenatural a la cruda realidad de que todos vamos a desaparecer.
Esta
incongruencia me lleva a pensar que el ser humano presiente, aunque todo
indique lo contrario, que somos algo más que el envoltorio material que vemos.
Que somos seres con un cuerpo que se deteriora día a día, pero que también tenemos
un espíritu, y que es muy posible que ese espíritu trascienda a la
desintegración del envoltorio.
En la
naturaleza nada evoluciona por capricho. Todos los seres han ido desarrollando
poco a poco las cualidades más propicias para vivir y reproducirse. Todo
organismo vivo evoluciona únicamente aquellas cosas que le son prácticas y
necesarias para su ciclo.
El ser
humano no. Nosotros tenemos, juntamente con el lado animal, un lado espiritual.
Una necesidad imperiosa de creer en algo invisible e intangible que nuestro
cerebro desarrollado y avanzado sabe que no es lógico, pero que sin embargo
necesita casi tanto como el comer.
Conclusión:
si el cerebro más perfecto del planeta necesita creer en algo divino a sabiendas
que eso no es práctico, debe ser por algo.
¿No será que
a lo mejor las cosas no son como nos las cuentan los vividores del tema
religioso? ¿No será que a lo mejor las cosas tampoco son como nos explican los
nuevos gurús de la “ciencia”? ¿No será que Darwin pudo equivocarse? ¿No podríamos
aceptar que seguimos estando en mantillas, científicamente hablando, y que no
hemos avanzado tanto desde que los “listos” quemaban en la hoguera a los que
osaban decir que la tierra no era plana?
Necesitamos
urgentemente volver a unos principios éticos, morales y religiosos. Sin
integrismos por supuesto.
O miramos
más hacia lo espiritual y menos a lo material o el mundo que conocemos como
occidental se va a la mierda.
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