dimecres, 30 de gener del 2013

El hospital


Acabo de pasar diez días con un familiar en el hospital.
Allí tienes tiempo de sobras para observar, oír y ver toda la enfermedad, el dolor, el sufrimiento y la pena que te rodea por todas partes.
Allí es donde mejor puedes darte cuenta de lo frágiles que somos, de lo efímera que es la vida, de lo poco que la disfrutamos y de lo rápido que llega el fin.

Viviendo todo eso y viendo lo que somos, no puedo por menos de sonreír cuando veo a algún conocido, vecino e incluso algún que otro familiar “sacar pecho”, pavonearse y creerse superior a los demás. Resumiendo: personas que el orgullo les sale hasta por las orejas. Personas que, desgraciadamente, se encuentran por doquier.

En el fondo estas personas me dan lastima; todavía no se han percatado de que somos tan vulnerables que cualquier microscópico virus, bacteria o degeneración celular acaba con nosotros rápidamente y sin contemplaciones. Todavía no saben, y algunas tienen muchos años, que nuestra existencia se va en un suspiro. Que nada te salva cuando llega el momento; ni el dinero, ni la posición social, ni los cargos. Nada.

Curiosamente es en las peores circunstancias cuando a la gran mayoría le sale lo mejor que lleva dentro.  Curiosamente muchas de esas personas que se creen superiores necesitan un baño de humildad y, tristemente, es en esa situación tan penosa cuando se dan cuenta de lo ridícula que es su visión de la vida.

Ojala todos nos diéramos cuenta  de nuestras miserias sin tener que pasar por un hospital.

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