Acabo de pasar diez días con un familiar en el hospital.
Allí tienes tiempo de sobras para observar, oír y ver toda
la enfermedad, el dolor, el sufrimiento y la pena que te rodea por todas
partes.
Allí es donde mejor puedes darte cuenta de lo frágiles que
somos, de lo efímera que es la vida, de lo poco que la disfrutamos y de lo
rápido que llega el fin.
Viviendo todo eso y viendo lo que somos, no puedo por menos
de sonreír cuando veo a algún conocido, vecino e incluso algún que otro
familiar “sacar pecho”, pavonearse y creerse superior a los demás. Resumiendo:
personas que el orgullo les sale hasta por las orejas. Personas que,
desgraciadamente, se encuentran por doquier.
En el fondo estas personas me dan lastima; todavía no se han
percatado de que somos tan vulnerables que cualquier microscópico virus,
bacteria o degeneración celular acaba con nosotros rápidamente y sin
contemplaciones. Todavía no saben, y algunas tienen muchos años, que nuestra
existencia se va en un suspiro. Que nada te salva cuando llega el momento; ni
el dinero, ni la posición social, ni los cargos. Nada.
Curiosamente es en las peores circunstancias cuando a la
gran mayoría le sale lo mejor que lleva dentro.
Curiosamente muchas de esas personas que se creen superiores necesitan
un baño de humildad y, tristemente, es en esa situación tan penosa cuando se
dan cuenta de lo ridícula que es su visión de la vida.
Ojala todos nos diéramos cuenta de nuestras miserias sin tener que pasar por
un hospital.
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