Nadie quiere oír hablar de lo único que tenemos seguro: la
muerte.
No nos damos cuenta que muchas veces consumimos cosas inútiles,
de las cuales podríamos prescindir. No nos damos cuenta que la juventud es la única
“enfermedad” que se cura con los años y que, hagamos lo que hagamos, nos
haremos viejos. No nos damos cuenta que todos no podemos ser guapos y que el
que lo es ahora, mañana no lo será. No nos damos cuenta de que el dinero no
hace la felicidad ni compra lo más importante de la vida. No nos damos cuenta que
por muy bien que lo hagamos, siempre habrá alguien que lo hará mejor.
Tenemos que mirar más hacia dentro y menos hacia fuera: lo
verdaderamente importante del ser humano está dentro de él.
Vivamos cada momento de nuestra vida como si fuera el último.
No nos obsesionemos con lo material; nada perdura. No dejemos para un día
especial cosas importantes; ese día especial puede no llegar. No compitamos
tanto con los demás; compartamos.
Y sobre todo, preparémonos para lo que tiene que venir, no
sea cosa que nos pille por sorpresa.
Resumiendo: hay que vivir intensamente cada momento de
nuestra vida, disfrutar de las cosas que, con las prisas de hoy día, a veces
pasan desapercibidas: la familia, los amigos, el tiempo libre, la naturaleza,
la belleza de una flor, etc. Todo lo que no se puede comprar con dinero.
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