dimarts, 15 de setembre del 2015

Un cuento real


Érase una vez una familia que tenía muchos, muchos hijos. En total llegaron a ser 17.
Al principio, cuando eran pequeños los hijos, todos se llevaban bien; luego, cuando se hicieron mayores y los padres no supieron controlar la situación comenzaron los problemas.

El padre no supo ver que tenía varios hijos muy trabajadores, algunos no tanto y otros eran unos vagos redomados.
Su ceguera le llevó incluso a marginar a los que más trabajaban, a los que más dinero aportaban a la economía de la casa. El padre y sus hermanos gandules se pusieron de acuerdo y en lugar de tratarlos bien y compensarles por su esfuerzo lo único que hacían era criticarlos por todo, no respetar sus ideas y costumbres, quitarles casi todo su dinero, su dignidad, su personalidad, su porvenir. Todo.

Se daba la injusticia de que el padre se quedaba con el dinero de los más trabajadores y se lo repartía a los más vagos, que de esta forma vivían mucho mejor y con más dinero que los que trabajaban de sol a sol. La injusticia era tal que los vagos derrochaban alegremente el dinero de sus hermanos trabajadores, los cuales no recibían dinero ni para estudiar ni para ir al médico, dándose la triste circunstancia de ser los más pobres pudiendo ser los más ricos.

Había un hijo, el mayor, que, cansado de la situación, fue a hablar con su padre para pedirle que le dejara administrar el dinero que ganaba con tanto esfuerzo, entregando la cantidad suficiente para sus gastos y para ayudar a los demás hermanos (dos de ellos ya lo hacían así), siendo así solidario con toda la familia, parte de la cual ni se lo merecía, pues, aparte de no querer trabajar y vivir de él, estaban siempre criticándolo, ridiculizándolo y haciendo ver que no era de la familia.
El padre ni lo escuchó; se limitó simplemente a decirle que no, que él tendría que seguir trabajando y aportando todo lo que ganaba eternamente. Que no tenía ningún derecho y que no se pusiera tonto porque le quitaría lo poco que tenía, como así hizo después.
El hijo solamente le dijo que ese no era el camino, que si se le cerraban todas las puertas solo le quedaba una salida: irse de casa. El padre se reía en su cara diciéndole que eso era imposible, que ya se encargaría él de impedirlo.

Ese hijo mayor fue viendo cómo su padre lo iba machacando poco a poco, quitándole lo poco que tenía, anulándolo completamente y dándole cada vez menos dinero para sus gastos.
Encima a todas horas y a todo el mundo le iba contando que su hijo mayor era un bastardo, lo peor del mundo, y que acabaría metiéndolo en la cárcel. 

Ante tanta injusticia ese hijo mayor vio que no tenía más salida que irse de casa y montarse por su cuenta. Lo intentó todo por las buenas, pero el padre y casi todos los hermanos se lo impedían de malas maneras. No había forma humana de poder irse de casa, de emanciparse.

Ahora está intentándolo por las buenas, como siempre, con el último tren que le queda para coger. Pero si no le dejan coger ese tren la venganza del padre y de los hermanos díscolos será terrible. Seguramente este sería el triste final de ese hijo mayor que tanto ha luchado por el bien de su familia. Esa familia que tendría que estarle eternamente agradecida será la que acabará con él para siempre.


Esta es la historia (no es un cuento) de la familia España.  


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