Todos tenemos una fe ciega en nosotros mismos. La mayoría de la gente nunca piensa en ese final irremediable que nos aguarda a todos. Muchos se creen insustituibles. ¡Qué equivocación!
Casi todos necesitamos una cura de humildad, darnos cuenta de que estamos aquí de paso, de que vendrán otros que nos sustituirán, de que sin nosotros todo va a seguir funcionando igual.
En un hospital es donde una persona observadora se da cuenta de nuestra fragilidad. De lo fácil que es perder la salud, de lo sencillo que es pasar de querer comerse el mundo a que el mundo te coma a ti. En definitiva, de que somos muy poca cosa.
Pero el ser humano no aprenderá nunca de sus errores. He visto a personas escapar por los pelos de una muerte segura y volver a las andadas al poco de recuperarse.
Ni siquiera el ver el final tan cerca les ha hecho desistir de su ambición y de su codicia.
Yo mismo he estado al borde de la muerte tres veces y todavía hago planes de futuro. ¡Qué idiota!
Estos días estoy presenciando lo que nos espera a todos: la decrepitud, la enfermedad y la muerte.
Muchos no quieren ni oír hablar del tema. Dicen que ellos han venido al mundo a disfrutar.
Precisamente esa es la lección que aprendo estos días: que hay que ver la cruda realidad de lo que somos y de lo que nos espera para aprovechar cada segundo de vida como si fuera el último. Que hay que tratar de disfrutar de aquellas pequeñas cosas a las que no damos importancia y que en realidad son las que más tienen. Hay que pararse a reflexionar tranquilamente y dejar de darle tanta importancia a lo material y darle mucha más importancia a todo aquello que no se puede comprar con dinero. Eso, que apenas valoramos, es lo que realmente vale la pena en la vida.
La vida. Apenas una ráfaga de luz entre dos eternidades oscuras.
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