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Acabo de leer que la Unión Europea está tratando de retirar las monedas de uno y dos céntimos de euro.
En cierto modo lo veo bien; ya no hay nada que puedas comprar con ellas. Pero ya sabemos que el redondeo va a ser al alza, como siempre, y lo vamos a pagar los de abajo, como siempre.
Lo peor es que una noticia tan simple como esa me ha hecho reflexionar sobre lo que llevo vivido y a mis espaldas, que es mucho.
Yo recuerdo haber comprado y pagado en mi infancia con monedas de cinco céntimos de peseta.
Para que la gente joven se de cuenta del valor de dicha moneda actualmente, caso de que existiera, digamos que se necesitarían 3.328 piezas de "perra chicas" como se las llamaba, para llegar a un euro.
Pues bien, había cosas que se compraban con 0,05 pesetas que ahora no se pueden comprar con 1 euro.
Dos reflexiones saco de esto: la primera es que eso significa que ya soy muy viejo y que he llegado hasta aquí sin darme cuenta. ¡Qué larga parece la vida de joven y qué corta se ve de viejo!
La segunda es más peliaguda y con muchas ramas.
El dinero no vale nada. Antes, cuando las monedas eran de cobre, plata y oro siempre tenían el mismo valor; luego vino el dinero de papel y todo cambió. Ahora ya ni lo vemos. Todos tenemos un trozo de plástico en la cartera y con eso pagamos.
La realidad es que todo es falso. No existe ni la milésima parte del dinero que dicen que hay. Nos dicen que tenemos X dinero en nuestra cuenta, pero la realidad es que si mañana todos fuéramos a sacar nuestro dinero del banco no habría ni el 5% del total disponible. Vamos, que es mentira que tenemos lo que pensamos que tenemos.
Por eso, por que todo es falso, hay un sistema económico falso, que nos ha llevado a una crisis de consecuencias impredecibles. Yo no veo la solución por ninguna parte; pero lo peor es que los dirigentes mundiales tampoco la ven.
No puede ser que cualquier bien de consumo valga 3.328 veces más que hace poco más de medio siglo. Está claro que la inflación no ha sido más que una huida hacia adelante. Una manera de enmascarar la realidad y engañar al pueblo.
Pero una huida siempre tiene un final. Estamos asistiendo a ese final sin entender lo que pasa.
Estoy convencido que la realidad es muy sencilla. Para entendernos pongo un ejemplo: Si yo le hago creer a todo el mundo durante mucho tiempo que tengo diez millones de euros en el banco, cuando en realidad tengo diez mil, todos confiarán en mi solvencia, me prestarán sus ahorros para que yo los invierta y los haga crecer. Yo viviré del cuento maravillosamente bien.
Hasta el día que se descubra que la realidad es muy distinta; que todo es falso. Ese día todo se habrá acabado para mí. Será el final del cuento.
Pues eso es la crisis que padecemos. El final del cuento. Ya no vale la huida hacia delante. Ya no vale la depreciación del dinero. Ya no pueden seguir engañando.
Ahora sabemos que no teníamos diez millones de euros. Ahora sabemos que sólo tenemos deudas imposibles de pagar.
La avaricia rompe el saco.

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