De todos es bien sabido que hay cosas que son imposibles de
mezclar, como el agua y el aceite, por ejemplo.
Yo, como buen demócrata, respeto todas las culturas,
lenguas, razas, costumbres y religiones. Pero naturalmente hay una excepción:
nunca respetaré a los que no respetan a los demás.
El respeto tiene que ser una cosa mutua; de lo contrario el
que respeta al que lo avasalla se convierte en un idiota.
Naturalmente estoy a favor, y respeto profundamente a todo
aquel que tiene que emigrar fuera de su tierra por motivos económicos,
políticos o del tipo que sea. Yo mismo vine desde el sur a Catalunya en mi
infancia; por lo tanto sé de lo que hablo.
Pero el que emigra no solo tiene derechos; también tiene
obligaciones. Yo mismo me preocupé muy mucho de empaparme de la cultura
catalana y hacerla mía. De aprender la lengua catalana y hacerla mía. De
defender con uñas y dientes todo lo que fuera bueno para mi tierra, mi nueva y
definitiva tierra: Catalunya.
Todo aquel que tiene que emigrar, por los motivos que sean,
a otras tierras tiene el derecho a ser tratado como uno más, pero también tiene
la obligación de acatar las normas, leyes, costumbres y lengua de aquellas
gentes que le acogen. Si no respeta eso no puede pedir ningún tipo de respeto.
Vivo en una ciudad industrial y de trabajadores básicamente.
Y donde han llegado multitud de inmigrantes de muchos países en los últimos
años.
Básicamente la mayoría se comporta aceptablemente bien, pero
siempre hay los que tienen que dar la nota. Los que te miran por encima del
hombro creyéndose seres superiores, los que no acatan nuestras costumbres y
hasta se permiten decir que somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a las
suyas.
Normalmente casi siempre son los mismos los que no quieren
integrarse: Los integrantes de una cultura y una religión tristemente famosa estos
días en las noticias.
Yo no puedo entender por qué se vienen aquí si odian nuestra
religión y nuestras costumbres.
Pero el hecho es que están aquí, y en Francia, y en Bélgica,
y en toda Europa.
El hecho es que tenemos un problema. Yo diría que un
problemón; porque dicen que no hay peor sordo que aquel que no quiere oír. Y la
mayoría de esta gente no quiere oír. Y nosotros tenemos que respetar a quien no
nos respeta, lo cual nos lleva a hacer el idiota.
Estoy llegando a la triste conclusión de que es imposible su
integración en nuestra sociedad, lo mismo que es imposible mezclar el agua con
el aceite.
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