¡Qué triste es la soledad! ¡Qué penoso resulta no tener
alguien con quien compartir tus sentimientos, tus penas, tus alegrías y tus
anhelos!
Y no me refiero a la soledad del eremita que ha elegido su
soledad voluntariamente. Me estoy refiriendo a la peor de la soledad que
existe. Aquella en la que estás rodeado de gente a todas horas, pero que nadie
se fija en ti. Aquella que teniendo incluso familia y un montón de conocidos y
amigos nadie te escucha cuando tienes un problema.
Hemos hecho entre todos una sociedad a la que llamamos
hipócritamente del bienestar. No. No es una sociedad donde las personas se
sienten bien. Es una sociedad que a lo único que le da valor es a lo material; sobre todo al dinero. Y la mayoría de la gente solo piensa en consumir. Muchas
veces cosas que no necesitan para nada, cosas que inconscientemente piensan que
les van a llenar ese vacío interior que sienten. Cosas que a los tres días ya
les cansan y están deseando que salga un nuevo modelo para cambiárselas.
Un círculo vicioso sin fin montado por los de arriba para
enriquecerse y atontarnos.
Es una sociedad que ha olvidado lo principal de la vida: lo
inmaterial. Muy pocos se preocupan del que tienen a su lado, y eso lo define
una frase que cuando la escuché por primera vez me puso malo. Esa frase es una
coletilla muy empleada cuando le cuentas a alguien un problema. Te sueltan “es
tu problema”. Se encogen de hombros y a otra cosa.
Eso sí. Esa misma persona se pasa un montón de horas frente
a una pantalla tonta escuchando y preocupándose de lo que le pasa a otra gente
que no conoce de nada y que viven a miles de kilómetros.
Es una sociedad en la que la gente se preocupa de las tonterías
que les ocurren a los de Gran Hermano y les importa un pimiento si el vecino de
enfrente tiene o no para comer.
Es una sociedad que sigue hablando y llorando a tres chicas
que mataron hace muchos años y que no le preocupa si ha muerto su vecino del
quinto.
Es una sociedad en la que ya ni los hijos cuando vienen a
casa hablan contigo. Están siempre muy ocupados con su móvil último modelo
mirando lo que ha publicado un idiota en Facebook y mandando Whatsapps a todo
quisqui. Lo que le pueda explicar su padre no tiene el menor interés para
ellos.
Yo conocí en mi infancia otra sociedad. Era mucho más pobre
que la de ahora. La gente no teníamos casi de nada. Muchos, la mayoría, ni para
comer.
Pero la gente era mucho más humana que la de hoy. Se
preocupaban por los demás. Eran solidarios con sus vecinos. Ayudaban a los que tenían
cerca y ni se planteaban que les pasaba a los parisinos. Los padres escuchaban
a los hijos y sobre todo los hijos escuchaban y obedecían a sus padres.
En definitiva: no teníamos tantos bienes materiales, pero quizás
fuéramos más ricos por dentro que ahora
Por lo menos nadie se sentía solo. Nadie sentía esa sensación tan amarga de la soledad entre la multitud.
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