dijous, 10 de desembre del 2015

La soledad


No hay peor soledad que aquella que, estando rodeado de personas, tú te sientes solo.

¡Qué triste es la soledad! ¡Qué penoso resulta no tener alguien con quien compartir tus sentimientos, tus penas, tus alegrías y tus anhelos!
Y no me refiero a la soledad del eremita que ha elegido su soledad voluntariamente. Me estoy refiriendo a la peor de la soledad que existe. Aquella en la que estás rodeado de gente a todas horas, pero que nadie se fija en ti. Aquella que teniendo incluso familia y un montón de conocidos y amigos nadie te escucha cuando tienes un problema.

Hemos hecho entre todos una sociedad a la que llamamos hipócritamente del bienestar. No. No es una sociedad donde las personas se sienten bien. Es una sociedad que a lo único que le da valor es a lo material; sobre todo al dinero. Y la mayoría de la gente solo piensa en consumir. Muchas veces cosas que no necesitan para nada, cosas que inconscientemente piensan que les van a llenar ese vacío interior que sienten. Cosas que a los tres días ya les cansan y están deseando que salga un nuevo modelo para cambiárselas.
Un círculo vicioso sin fin montado por los de arriba para enriquecerse y atontarnos.

Es una sociedad que ha olvidado lo principal de la vida: lo inmaterial. Muy pocos se preocupan del que tienen a su lado, y eso lo define una frase que cuando la escuché por primera vez me puso malo. Esa frase es una coletilla muy empleada cuando le cuentas a alguien un problema. Te sueltan “es tu problema”. Se encogen de hombros y a otra cosa.
Eso sí. Esa misma persona se pasa un montón de horas frente a una pantalla tonta escuchando y preocupándose de lo que le pasa a otra gente que no conoce de nada y que viven a miles de kilómetros.
Es una sociedad en la que la gente se preocupa de las tonterías que les ocurren a los de Gran Hermano y les importa un pimiento si el vecino de enfrente tiene o no para comer.
Es una sociedad que sigue hablando y llorando a tres chicas que mataron hace muchos años y que no le preocupa si ha muerto su vecino del quinto.
Es una sociedad en la que ya ni los hijos cuando vienen a casa hablan contigo. Están siempre muy ocupados con su móvil último modelo mirando lo que ha publicado un idiota en Facebook y mandando Whatsapps a todo quisqui. Lo que le pueda explicar su padre no tiene el menor interés para ellos.

Yo conocí en mi infancia otra sociedad. Era mucho más pobre que la de ahora. La gente no teníamos casi de nada. Muchos, la mayoría, ni para comer.
Pero la gente era mucho más humana que la de hoy. Se preocupaban por los demás. Eran solidarios con sus vecinos. Ayudaban a los que tenían cerca y ni se planteaban que les pasaba a los parisinos. Los padres escuchaban a los hijos y sobre todo los hijos escuchaban y obedecían a sus padres.
En definitiva: no teníamos tantos bienes materiales, pero quizás fuéramos más ricos por dentro que ahora

Por lo menos nadie se sentía solo. Nadie sentía esa sensación tan amarga de la soledad entre la multitud.






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