No milito en ningún partido político, ni nunca he militado.
Me he abstenido de ir a votar en muchísimas elecciones. Y cuando he votado lo
he hecho a diferentes partidos, básicamente por pragmatismo, nunca por ideología.
Ya sé que aquí esto es raro, pero soy así.
Esa falta de ideología y de militancia es lo que me permite
mirar con cierta neutralidad los acontecimientos políticos y valorar a líderes
y gobernantes por sus acciones, sus aciertos y sus errores.
Mi ya dilatada experiencia (por mis muchos años) me lleva a
la conclusión de que en España (desde que tenemos libertades) hay y ha habido
muchos vendedores de humo, charlatanes, ineptos y, lo que es peor, corruptos.
Pero también políticos honrados, trabajadores y con buena fe.
Lo que menos hemos tenido en estos casi 40 años han sido
estadistas.
Alguien definió al estadista como aquel dirigente político que
no se preocupa de lo que pasará en los cuatro años de su mandato, sino por lo
que pasará a bastantes años vista. Vamos, que no le preocupa su reelección,
sino su país. De esos en España pocos, muy pocos.
Bajo mi humilde opinión solo han salido dos.
El primero, al que no se le hizo justicia mientras vivió,
como suele ocurrir siempre, es Adolfo Suárez. Hoy seguramente yo no estaría
aquí escribiendo esto sin el sacrificio y el tesón de aquel hombre. El hombre
que siendo uno de los máximos exponentes del Régimen Franquista supo ver la
realidad de España, se hizo el harakiri y se lo hizo al Régimen para una
convivencia a largo plazo en paz entre todos los españoles. Sencillamente pensó
en el país a largo plazo, no en su reelección.
Fue un hombre que vio, cuando nadie lo veía, que a Catalunya
había que buscarle una solución, y sin pensárselo dos veces se trajo del exilio
a un desconocido presidente de la Generalitat, Tarradellas. ¡Qué diferencia con
lo que nos desgobierna ahora!
Fue un hombre que negoció y legalizó a lo que había sido el
mayor enemigo de su Régimen, al Partido Comunista. Hoy parece una tontería,
pero entonces fue una acción tan atrevida y valiente que hasta los locutores de
la radio y la tele no se atrevían a dar la noticia por miedo.
En mi modesta opinión será la historia la que pondrá en un
lugar muy alto a Adolfo Suárez.
En cambio a la mayoría de los que le sucedieron, sobre todo
a los dos últimos, los pondrá a ras del suelo, porque han sido una desgracia
para España. Han sido los que la han llevado a una ruina total. Una ruina de la
que me temo que vamos a tardar muchos años en salir, si es que salimos.
Será difícil que se me entienda, sobre todo fuera de
Catalunya, cuando diga que para mí el otro gran estadista es Artur Mas. Está
claro que en este caso estadista del pueblo catalán, pero estadista igualmente.
Para la mayoría de españoles es poco menos que el diablo;
pero si se mira asépticamente, sin patriotismos baratos, nos damos cuenta que
para Catalunya es un gran estadista. Y si gana será un héroe.
Hay que ser algo más que estadista para tirar hacia delante
con una idea que sabe que es casi imposible de conseguir. Hay que ser muy
valiente para enfrentarse con el Goliat que representa Madrid. Hay que tener
mucha convicción y espíritu patriótico para arriesgarse a ir a la cárcel por
defender democráticamente la libertad de su pueblo. Hay que echarle cojones
sabiendo que el último presidente de Catalunya que lo intentó murió fusilado.
Todo lo ha hecho hasta ahora con la mayor de las delicadezas
democráticas, sin aspavientos, demostrando que por las buenas se puede llegar
lejos, intentando sumar gente de todas las ideologías. Y todo ello sin perder
nunca la compostura de un caballero ante Madrid.
Pero me temo que no solo va a recibir palos desde Madrid;
también los va a recibir de aquí.
La escasez de estadistas también afecta a Catalunya. El líder
del principal partido de la oposición,el que dice que lo principal es conseguir
la independencia, le ha preocupado más ser el presidente de una Generalitat
española que no ser el segundo de una Catalunya libre. ¡Qué miopía política! Eso es lo contrario de un estadista. Sacrifica a la que dice ser su patria por una poltrona.
Como le pasó a Adolfo Suárez, que fue traicionado por los
suyos y olvidado por los españoles, le va a pasar a Artur Mas en Catalunya. La
historia se repite. Tenemos pocos estadistas y a los pocos que tenemos los destruimos. ¿Será que no nos merecemos buenos líderes?


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