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Los dos estaban juntos, unidos por sus manos entrelazadas. Pero
su unión no era material. Era la unión más fuerte que sentir pueda el ser
humano. Era la unión de sus almas.
Aquel momento maravilloso tenía por testigo el largo
crepúsculo estival, la soledad de aquella cima a la que habían ascendido una
hora antes y la oscuridad a la que estaba dando paso el ocaso del sol, cuyos
últimos rayos acababan de desaparecer tras el lejano y hermoso horizonte.
Los dos se habían conocido por casualidad unos días antes
(¿existe la casualidad?). Lo suyo fue como un relámpago fugaz, como un destello
en la oscuridad, como una flecha de grueso calibre que Cupido les había
disparado a ambos. Fue el clásico, pero maravilloso, amor a primera vista.
No necesitaron decirse mucho. Sobraban las palabras. Estas
habrían quedado enterradas por aquellas miradas que lo decían todo. Por aquel
inmenso amor que había brotado de golpe en sus corazones. Lo expresaban todo con
los ojos, con la sonrisa y con esa cara mitad de bobo mitad de felicidad que se
nos pone cuando nos enamoramos como adolescentes.
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Esto podría ser el comienzo de una novela de amor para
quinceañeras. Algunos puede que lo encuentren cursi. Otros pasado de moda. Y
para los de una edad avanzada, como yo, les suene a hecho histórico.
Pero yo me niego a pensar que el romanticismo haya pasado de
moda. No quiero un mundo donde todo se regule por su pragmatismo. No me
interesa una sociedad donde lo único importante es el dinero y el sexo.
El dinero solo sirve para comprar las cosas de menos valor;
y el sexo sin más, sin amor y sin romanticismo, se convierte en un acto vacío y
más próximo a los animales que a los humanos.
Alguien dijo que el amor no es otra cosa que química. Otro
argumentó que el amor es un estado transitorio de idiotez.
Pues si eso es así, bendita química y bendita idiotez.

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